Las previsiones meteorológicas anunciaban tormentas para la tarde, así que comenzamos la jornada con cierta preocupación y con la intención de aprovechar al máximo las primeras horas del día. El cielo había amanecido algo nublado. Nos esperaba una exigente ruta circular por el corazón del macizo Central de los Picos de Europa, con ascensión a La Padiorna, paso por el refugio de Collado Jermoso y regreso hasta la base del teleférico a través de la Vega y los Tornos de Liordes.

La primera parte de la ascensión la realizamos cómodamente en el teleférico de Fuente Dé. En apenas cuatro minutos, la cabina salva un desnivel de 753 metros y nos transporta desde los 1.070 metros de la estación inferior hasta los 1.823 metros de la estación superior de El Cable. El cambio de paisaje es inmediato: dejamos atrás los prados y bosques del valle para adentrarnos en un territorio de alta montaña dominado por la roca caliza. Desde el Mirador del Cable disfrutamos de una magnífica panorámica sobre el valle de Liébana.



Desde El Cable comenzamos a caminar, ganando altura progresivamente entre amplias depresiones, canales y formaciones rocosas. Después de pasar por la mina de Fuente Dé seguimos ascendiendo hacia la Colladina de las Nieves. El terreno se vuelve cada vez más rocoso y la vegetación queda reducida a pequeñas plantas capaces de sobrevivir entre las grietas de la caliza.










Desde allí afrontamos la subida a La Padiorna, cuya cumbre alcanza los 2.314 metros de altitud. El esfuerzo merece completamente la pena. A pesar de las nubes, las vistas desde lo alto resultan espectaculares: bajo nosotros se extiende la Vega de Liordes, rodeada por algunas de las montañas más imponentes del macizo Central, mientras a nuestro alrededor se suceden canales, collados y paredes verticales.




Tras disfrutar de la cumbre iniciamos el descenso para continuar hacia Las Colladinas. Durante el recorrido nos encontramos con varios rebecos cantábricos que, perfectamente adaptados al terreno rocoso de los Picos de Europa, se movían con una agilidad sorprendente entre las piedras. Algunos se detuvieron a observarnos desde lo alto, tan tranquilos y curiosos como nosotros, regalándonos uno de los encuentros más especiales de la jornada.


Este tramo atraviesa un terreno de auténtica alta montaña, con continuas subidas y bajadas. El sendero avanza entre las paredes calizas y nos conduce poco a poco hacia uno de los lugares más emblemáticos de los Picos de Europa: el refugio de Collado Jermoso.











En este tramo nos sorprendieron unas intensas manchas anaranjadas sobre las rocas. Aunque a primera vista parecían líquenes, o incluso que alguien hubiera subido hasta allí con un bote de pintura naranja, su origen es completamente natural: se deben a la oxidación del hierro depositado por antiguos fluidos hidrotermales que circularon por el interior de la caliza.


El nombre oficial de este establecimiento es Refugio Diego Mella–Collado Jermoso. Se encuentra a 2.064 metros de altitud. Inaugurado en 1942, está considerado el refugio guardado más antiguo de los Picos de Europa y lleva el nombre de Diego Mella, uno de los grandes impulsores del montañismo leonés.






Cuando llegamos al refugio comenzaron a caer las primeras gotas. Las previsiones meteorológicas se estaban cumpliendo y no tardamos en decidir que lo más prudente era entrar. Pedimos unas bebidas y aprovechamos para comer tranquilamente en el interior, protegidos de la lluvia. Antes de marcharnos compramos también la camiseta oficial del refugio de este año, un buen recuerdo de un lugar al que no resulta sencillo llegar.
El track se comparte únicamente como referencia del recorrido realizado y no ha sido revisado ni verificado para su uso como guía de navegación, por lo que debe contrastarse siempre con cartografía oficial y con las condiciones actuales de la ruta.
La lluvia nos concedió una pequeña tregua para iniciar el regreso, nuevamente a través de Las Colladinas. Sin embargo, el cielo fue oscureciéndose y poco después comenzó a llover con mucha más intensidad. Tuvimos que detenernos para ponernos los chubasqueros y proteger las mochilas. Con la roca mojada, el recorrido exigía todavía más atención: había que avanzar con prudencia, evitar los resbalones y comprobar continuamente la evolución de las nubes. En la alta montaña el tiempo puede cambiar con enorme rapidez, por lo que consultar la previsión, llevar ropa impermeable y saber modificar los planes cuando sea necesario son medidas imprescindibles.







Seguimos avanzando bajo la lluvia hasta alcanzar el collado de la Padierna. Desde allí comenzamos a descender hacia la Vega de Liordes, una enorme pradera de origen glaciar encerrada entre elevadas paredes de roca. Después de tantas horas caminando sobre terreno calizo, encontrar aquel espacio verde en medio de las montañas resulta sorprendente. La vega constituye además una zona de gran valor ecológico, utilizada tradicionalmente para el pastoreo durante los meses de verano.

Atravesamos la Vega de Liordes hasta llegar al collado de Liordes, situado aproximadamente a 1.950 metros de altitud. Desde este punto comenzaba la última gran bajada de la jornada. Ante nosotros aparece el vertiginoso trazado de los Tornos de Liordes, un antiguo camino minero que desciende mediante alrededor de cuarenta curvas muy cerradas. Por aquí se transportaba antiguamente el mineral extraído en las minas de Liordes hasta Fuente Dé, utilizando carros de tracción animal. El recorrido salva más de 800 metros de desnivel en muy poca distancia, lo que permite imaginar las enormes dificultades de aquellos trabajos.






El descenso por los Tornos de Liordes fue largo y exigente. Las piernas acumulaban ya muchos kilómetros y la humedad obligaba a extremar la precaución en cada curva. Poco a poco fuimos dejando atrás el paisaje rocoso de la alta montaña y acercándonos nuevamente a los prados de Fuente Dé. Finalmente alcanzamos la estación inferior del teleférico, situada a unos 1.070 metros de altitud, cerrando así una ruta circular tan espectacular como intensa.

Con el impresionante circo de Fuente Dé a nuestras espaldas, llegó el momento de estrenar la camiseta que habíamos comprado en el refugio. Un recuerdo perfecto de una jornada intensa, pasada por agua en algunos momentos, pero llena de paisajes espectaculares, rebecos y rincones inolvidables de los Picos de Europa.

Esta jornada nos permitió conocer algunos de los paisajes más impresionantes de los Picos de Europa. La lluvia añadió dificultad a la experiencia y volvió a recordarnos que en la naturaleza no podemos controlarlo todo. Preparar bien una ruta, respetar las condiciones meteorológicas y actuar con prudencia forman parte del aprendizaje. La montaña siempre ofrece grandes recompensas, pero también exige responsabilidad, respeto y capacidad para adaptarnos a sus cambios.
¡Nos vemos en la montaña!