Dos días después de lo ocurrido en el Pico San Millán, la historia no se había cerrado. Aquel jueves de Villalar en el que las mochilas salieron volando cual espíritus no podía quedarse así. Había algo pendiente. La decisión fue clara: volver. El plan tenía dos objetivos. Por un lado, recuperar el coche en Santo Domingo de la Calzada. Por otro, regresar a la montaña para completar la parte de la ruta que no habíamos podido hacer, intentando llegar a la base del Pico San Millán por la que habían caído las mochilas e intentar recuperarlas.
Pero había algo más importante que todo eso: volver a disfrutar de la montaña. Incluso si no las encontrábamos.

En lo meteorológico, el día ya no es el mismo. Amanece más nublado, con un ambiente distinto. No esperábamos lluvia, pero tampoco tenemos ese cielo limpio y luminoso de la primera jornada.
Eso sí, hubo algo que no podía faltar. Antes de empezar la ruta, paramos en Pradoluengo para disfrutar de un delicioso pincho de tortilla, una pequeña tradición que ya forma parte de la aventura.

Nuevamente, comenzamos la ruta desde el área recreativa de Zarcia, con la misma motivación… y quizá con un punto más de determinación.









Los primeros kilómetros son exactamente los mismos que el jueves, avanzando hasta la bifurcación donde en esta ocasión tomamos el camino de la izquierda.
El sendero se interna de nuevo en el bosque, rodeado de helechos, avanzando con una pendiente suave que nos introduce en un precioso hayedo. Es un comienzo tranquilo, casi engañoso. Pronto alcanzamos la Choza de la Guarra, mientras el entorno se vuelve cada vez más envolvente.






A medida que ganamos altura, el paisaje se hace más imponente. Llegamos a uno de los puntos más emblemáticos de la Sierra de la Demanda: la Haya de Enrique del Rivero, un árbol monumental, famoso por su gran tamaño y antigüedad, y por haber sido imagen del Patronato de Turismo de la provincia, que parece detener el tiempo a su alrededor. Desde aquí, el agua empieza a cobrar más protagonismo.

Siguiendo el curso del Arroyo Mayor, que tuvimos que cruzar en varias ocasiones, alcanzamos la Choza del Palancar. El camino continúa en paralelo al arroyo, por el interior del espectacular hayedo del Barranco de Urbión, donde el sonido de las cascadas y el silencio del bosque se mezclan de forma casi hipnótica.
Durante este tramo, además, la naturaleza nos regala pequeños detalles que muchas veces pasan desapercibidos. Pudimos observar de cerca algunos de los habitantes del bosque: desde reptiles perfectamente camuflados entre las hojas hasta llamativos insectos de colores metálicos y pequeños invertebrados que, a su manera, forman parte de este ecosistema tan rico. Son esos momentos los que recuerdan que la montaña no es solo paisaje, sino vida en cada rincón.



Pero entonces, la montaña vuelve a cambiar las reglas.
A mitad de la subida, en pleno hayedo, comienza a llover. Primero tímidamente… y después con una intensidad inesperada. En cuestión de minutos, el paseo se transforma en un auténtico diluvio. Sin apenas refugio, seguimos avanzando mientras la lluvia nos cala completamente. Terminamos empapados, hasta los huesos.
El terreno, ya de por sí exigente, se vuelve más complicado. Tenemos que volver a cruzar el arroyo en varias ocasiones, apoyándonos en piedras resbaladizas y ayudándonos de los bastones para mantener el equilibrio. Cada paso requiere atención.



Y aun así, seguimos.
Al dejar atrás el hayedo, el paisaje se abre y se transforma en un entorno mucho más duro y agreste. Llegamos al tramo más exigente: el ascenso final por el espectacular Circo de Armalue. Aquí ya no hay árboles que protejan, solo roca, pendiente y esfuerzo.
El sendero, marcado por hitos de piedra, nos obliga a avanzar con precaución, buscando bien cada apoyo para evitar resbalones. Nos perdemos en un par de ocasiones, pero aún así parece que vamos a conseguir nuestro objetivo. Sabemos que estamos cerca del punto desde el que habían caído las mochilas. La sensación era clara: vamos a llegar hasta el final.









Pero no. Esta vez, la montaña tiene preparado otro desenlace.
La niebla comienza a cerrarse a nuestro alrededor, reduciendo la visibilidad de forma progresiva. Lo que antes eran vistas abiertas, ahora se ha convertido en un entorno cerrado, frío y húmedo. A esto se suma la nieve en la parte final, obligándonos a colocarnos los crampones para avanzar con seguridad.

Estamos a punto de llegar.
La niebla se hace aún más densa. La orientación se complica y las condiciones ya no son seguras. Por desgracia, tenemos que tomar la decisión de cancelar la subida.
Y en la montaña, en cuestiones de seguridad no se discute.

No pudimos recuperarlas.
Sin embargo, si algo destacó en toda esta experiencia fue la forma en la que afrontamos la situación desde el primer momento. A pesar de la pérdida de las mochilas, la documentación y las llaves, todo el proceso fue sorprendentemente sencillo en lo humano: nadie puso mala cara, no hubo reproches ni enfados. Solo hubo una actitud común: intentar solucionar el problema de la mejor manera posible.
Esa forma de actuar hizo que incluso los momentos más complicados fueran más llevaderos. Porque, al final, en situaciones así, lo importante no es solo lo que ocurre, sino cómo se responde.

Después de todo el esfuerzo, después de volver, después de subir bajo la lluvia, la respuesta fue la misma: la montaña, de momento, se quedaba con ellas.

Aun así, la sensación no era de derrota.
Habíamos vuelto. Habíamos completado gran parte del recorrido que nos faltaba. Habíamos vivido otra jornada intensa, diferente, dura… pero también especial.
Y, sobre todo, sabíamos una cosa: Esto no ha terminado.
Porque el San Millán sigue ahí. Nuestras mochilas siguen ahí.
Y nosotros… volveremos.
Además, decidimos dar parte a la Guardia Civil, por si alguien pudiera encontrar las mochilas en algún momento. Era una pequeña esperanza más, una forma de no cerrar del todo esta historia.