No se nos ocurre un día mejor para salir a la montaña que hoy, cuando el ser humano, con la misión Artemis II, vuelve a mirar a la Luna con nuevos ojos. Mientras allí arriba se sigue explorando y descubriendo, aquí abajo también sentimos esas ganas de salir, avanzar y vivir nuestra propia aventura.
Así, justo después de la Semana Santa, nos hemos lanzado a nuestra ruta en la Sierra de Gredos con ese mismo espíritu. Porque, salvando todas las distancias, cada paso entre la nieve, cada esfuerzo en la subida y cada paisaje descubierto nos conecta con esa idea tan humana de ir un poco más allá. No viajamos al espacio, pero durante unas horas, entre cumbres y silencio, también nos sentimos exploradores.

Salimos desde la Plataforma de Gredos por el característico suelo empedrado, un camino que muchos identifican con una antigua calzada, pero cuya historia es más reciente de lo que parece. Fue construido a comienzos del siglo XX para facilitar el acceso del rey Alfonso XIII durante sus jornadas en la zona, dejando como legado un trazado sólido que hoy sigue guiando a los senderistas entre las montañas.



Desde ahí, avanzamos con tranquilidad hasta girar hacia la izquierda y seguir adentrarnos en el valle, siguiendo el curso del río Barbellido, que desciende formando unas preciosas cascadas. Este tramo discurre por la Garganta de Prado Puerto, un entorno de gran valor ecológico. A nuestra espalda queda el Refugio de Prado Puerto, discreto pero esencial, ejemplo de cómo la presencia humana puede integrarse, con respeto, en la naturaleza.















El recorrido cambia de ritmo cuando iniciamos la subida hacia el Refugio del Rey. Este refugio, construido también en la época de Alfonso XIII, tenía una finalidad muy concreta: servir de apoyo durante las monterías reales, especialmente para la caza de la cabra montés, una especie emblemática de Gredos. No era un refugio de montaña en el sentido actual, sino un punto estratégico desde el que el monarca y su séquito podían descansar, resguardarse y organizar las batidas en un entorno duro y exigente.








Fue precisamente en este punto donde tuvimos uno de los momentos más especiales de la jornada: pudimos observar un quebrantahuesos sobrevolando la zona. Esta especie, desaparecida durante décadas del Sistema Central, está siendo reintroducida gracias a proyectos impulsados por la Fundación para la Conservación del Quebrantahuesos en colaboración con administraciones públicas. El proceso ha consistido en la liberación controlada de ejemplares jóvenes nacidos en cautividad, su seguimiento mediante GPS y la creación de puntos de alimentación seguros para favorecer su adaptación. Este trabajo, desarrollado durante años, está permitiendo que el quebrantahuesos vuelva poco a poco a ocupar los cielos de Gredos, recuperando así una pieza clave del equilibrio ecológico de la montaña.
El desnivel se hace notar a partir de aquí y el paisaje se abre, mostrando la dureza y belleza del entorno de alta montaña. Desde el refugio, optamos por rodear el Alto de la Cagarruta, una decisión que hace la ruta más accesible y segura, especialmente en condiciones invernales.




A medida que avanzamos hacia la cima del Morezón, el paisaje se transforma por completo. La nieve cubre buena parte del terreno, creando un entorno espectacular pero también delicado.
Al alcanzar la cima, el espectáculo es sobrecogedor. Desde el Morezón se obtiene una de las panorámicas más completas de Gredos: la Laguna Grande con su refugio a nuestros pies, el imponente Almanzor frente a nosotros y un horizonte que se abre tanto hacia la meseta como hacia los valles del sur. Allí disfrutamos del mejor “restaurante” posible: la propia montaña.



El descenso lo realizamos por la loma, perdiendo altura de forma progresiva sobre un terreno todavía cubierto de nieve, hasta regresar de nuevo al valle y recuperar el camino hacia la plataforma.
En varias ocasiones la nieve cedía bajo nuestros pies y nos hundíamos hasta la cintura, obligándonos a avanzar con esfuerzo y, entre risas, reforzando el espíritu de equipo que siempre acompaña a este tipo de experiencias.


Y como broche final, la naturaleza aún nos tenía preparada una última sorpresa: ya cerca del final de la ruta nos encontramos con unos inesperados compañeros de camino, varias cabras montesas que pastaban tranquilamente entre las rocas, recordándonos que este es, ante todo, su hogar.





Al final, lo que queda es una sensación difícil de explicar: amplitud, silencio y una conexión muy especial con la naturaleza. Momentos así nos recuerdan lo importante que es parar, respirar y disfrutar de lo que tenemos cerca.
Y es curioso cómo, igual que seguimos mirando a la Luna con ganas de descubrir más, también aquí, en la montaña, sentimos ese mismo impulso de explorar y cuidar lo que nos rodea. Porque, en el fondo, tanto en la Tierra como más allá, todo empieza por aprender a valorar y proteger lo que tenemos.