Durante las últimas semanas, dentro del proyecto «¡Manos a la Bolsa!» del Movimiento Escuelas Libres de Plástico de la Junta de Castilla y León, hemos querido escuchar la voz del alumnado y las familias del Colegio Ntra. Sra. del Carmen de Valladolid sobre el uso del plástico en nuestra vida cotidiana. Las respuestas recogidas en el cuestionario nos han permitido conocer no solo su nivel de conciencia ambiental, sino también sus inquietudes, propuestas y compromiso real con el cambio.
Cuando preguntamos por qué el plástico es un problema más allá de lo que vemos en el mar, las respuestas fueron claras y profundas. Las respuestas señalan la contaminación que se genera durante su fabricación y eliminación, la presencia de microplásticos en los alimentos y el impacto en la salud humana. También destacaron el daño a los animales y la manera en que ese daño acaba repercutiendo en nosotros a través de la cadena alimentaria. Se percibe una comprensión creciente de que el problema no es únicamente visual o lejano, sino cercano y cotidiano.
Porque aparte de la contaminación en el mar esos microplásticos llegan a nuestros alimentos y través del aire, respirandolos. Lo que nos produce enfermedades graves.

Las preguntas que plantearon demuestran curiosidad y pensamiento crítico. Quieren saber qué son exactamente los microplásticos, si existen alternativas realmente sostenibles, si hay plásticos “menos dañinos” y qué efectos puede tener su exposición continuada en nuestra salud. Esta inquietud nos indica que no se conforman con mensajes superficiales, sino que buscan entender el problema en profundidad.
Cómo sustituirlo por algún material no contaminante y que no afecte a la economía.
En cuanto a las acciones propuestas en el ámbito familiar, muchas respuestas apuntan hacia la reducción directa del consumo: comprar fruta sin envasar, evitar bandejas de plástico en carne y pescado, elegir formatos con menos embalaje o reutilizar recipientes. Se aprecia una intención clara de modificar hábitos cotidianos y asumir responsabilidad individual.
Utilizar más botes de cristal, por ejemplo, para reducir el plástico.
Bolsas de tela para la compra, reciclar…
En vez de comprar la carne en supermercado envasada, comprar en carnicería.
Intentar comprar productos que no lleven ese plástico.
Respecto a los temas de investigación sugeridos por las familias, destacan especialmente las alternativas al plástico y la búsqueda de materiales que puedan sustituirlo. También aparecen propuestas centradas en la reducción del consumo en la vida diaria, el impacto en la salud y el papel de gobiernos y empresas. Aunque las propuestas son diversas, todas comparten una preocupación común: cómo disminuir nuestra dependencia del plástico.
¿Qué modificaciones podemos realizar en nuestra vida para consumir menos plásticos y por tanto contaminar menos?
En nuestra propia investigación dentro del centro, mediante observación directa, hemos detectado que todavía existe una presencia de plásticos de un solo uso en el entorno escolar. Un dato especialmente revelador ha sido constatar que el uso de estos plásticos no se limita al alumnado; el profesorado también forma parte de esta realidad. Este hallazgo nos invita a reflexionar desde la coherencia y la corresponsabilidad.

Todo ello refuerza una idea fundamental: reducir no es solo un eslogan, sino una decisión diaria que implica a toda la comunidad educativa. El cambio real comienza cuando revisamos nuestras propias rutinas y asumimos compromisos concretos. Como centro, seguimos avanzando en este proceso, convencidos de que educar para reducir es educar para cuidar nuestro futuro.