¡Seguimos disfrutando de nuestra aventura en Umbralejo!
Ya estamos en el quinto día de nuestra estancia en este precioso rincón de la Sierra Norte de Guadalajara y, aunque empezamos a notar el cansancio acumulado de una semana repleta de actividades, seguimos teniendo muchas ganas de aprovechar cada momento.
Después de la espectacular ruta de senderismo de ayer, hoy hemos retomado el ritmo habitual del programa. Nos esperaba una jornada muy completa, en la que viajaríamos al pasado para conocer cómo era la vida tradicional en el pueblo, plantaríamos nuestras bellotas traídas desde Valladolid y disfrutaríamos de talleres, juegos y una velada muy especial.






¡Buenos días, Umbralejo! Volvemos a los tajos
Una mañana más, nos hemos despertado en este precioso lugar, rodeados de naturaleza y disfrutando de una experiencia que difícilmente olvidaremos. Después de prepararnos, hemos bajado al comedor para desayunar y coger fuerzas. Porque, como ya hemos comprobado durante estos días, aquí las jornadas se aprovechan desde primera hora.



Con el desayuno terminado, nos hemos dirigido al Punto de Encuentro para comenzar los tajos, esas tareas de trabajo comunitario que ya forman parte de nuestra rutina en Umbralejo. Nuestros alumnos han vuelto a colaborar en las diferentes áreas de mantenimiento y conservación del pueblo: mantenimiento, ganadería, servicios a la comunidad y huertos y jardines.
A estas alturas de la semana, ya sabemos que detrás del funcionamiento de un pueblo hay mucho trabajo que normalmente pasa desapercibido.
Cuidar los espacios comunes, mantener las instalaciones, atender a los animales y conservar los jardines son tareas fundamentales para que todos podamos disfrutar de este entorno.































Un viaje al pasado: recorrido etnográfico por Umbralejo
Después de finalizar los tajos, hemos realizado una de las actividades más interesantes de la mañana: un recorrido etnográfico por el pueblo. La propuesta consistía en conocer algunos de los espacios que formaban parte de la vida cotidiana de sus antiguos habitantes y descubrir cómo eran las costumbres, los trabajos y las relaciones sociales en el medio rural.
Para ello, hemos visitado cuatro lugares especialmente representativos: la escuela, el lavadero, la fragua y el Museo de Umbralejo.
La escuela: cuando aprender era muy diferente
Nuestra visita a la antigua escuela nos ha permitido imaginar cómo era la educación de los niños que vivían en estos pequeños pueblos. Durante buena parte del siglo pasado, las escuelas rurales tenían unas características muy diferentes de las actuales. En muchas ocasiones, alumnos de distintas edades compartían una misma aula y un único maestro se encargaba de su enseñanza. Los recursos educativos eran mucho más limitados y la vida escolar estaba estrechamente relacionada con las necesidades y costumbres de las familias.
Visitar este espacio nos ha invitado a reflexionar sobre cuánto ha cambiado la educación y sobre la importancia que tenían las escuelas para mantener la vida en los pueblos. Porque una escuela no era solamente un lugar donde aprender a leer, escribir o calcular. También era un espacio de encuentro y una parte fundamental de la comunidad.
El lavadero: mucho más que lavar la ropa
Nuestra siguiente parada ha sido el lavadero, uno de esos lugares que nos recuerdan cómo era la vida cotidiana antes de que existieran las comodidades de las que disfrutamos actualmente. Hoy estamos acostumbrados a introducir la ropa en una lavadora, pulsar un botón y esperar a que termine el programa.
¡Pero no siempre fue tan sencillo!
Antiguamente, lavar la ropa suponía un importante esfuerzo físico. Había que trasladarla hasta el lavadero, frotarla a mano y aclararla, muchas veces soportando las bajas temperaturas del invierno. Pero el lavadero también cumplía una importante función social. Era un lugar de encuentro, especialmente para las mujeres, donde se compartían conversaciones, noticias y experiencias de la vida cotidiana.

































La fragua: el oficio del herrero
Continuamos nuestro recorrido visitando la fragua, el lugar donde el herrero trabajaba el hierro para fabricar y reparar herramientas, utensilios y otros elementos necesarios para la vida diaria. Antes de que existieran las grandes industrias y la facilidad actual para adquirir cualquier producto, los oficios artesanales eran imprescindibles para el funcionamiento de los pueblos.
El herrero desempeñaba un papel fundamental, especialmente en las comunidades agrícolas y ganaderas. Mediante el calor del fuego y el trabajo con el martillo y el yunque, podía transformar el metal y darle la forma necesaria para fabricar o reparar diferentes objetos. Una actividad que requería fuerza, habilidad y muchos años de experiencia.
¡Todo un ejemplo de cómo el conocimiento y la destreza manual eran esenciales en la vida rural!
El Museo de Umbralejo: conservar la memoria de un pueblo
La última parada de nuestro recorrido etnográfico ha sido el Museo de Umbralejo, un espacio que nos ha permitido seguir acercándonos a la historia y las tradiciones de esta localidad. A través del patrimonio conservado podemos comprender mejor cómo vivían sus habitantes, qué herramientas utilizaban, cuáles eran sus principales actividades y cómo se organizaba su vida cotidiana.
Esta visita nos ha ayudado a entender que conservar un pueblo no significa únicamente restaurar sus edificios. También supone proteger su historia, sus costumbres, sus oficios y la memoria de las generaciones que vivieron en él.
Precisamente este es uno de los grandes valores del Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados: permitir que los jóvenes conozcan y valoren un patrimonio rural que forma parte de nuestra identidad colectiva.
Después de la reflexión que hicimos ayer sobre la despoblación durante nuestra visita a La Huerce, el recorrido de hoy nos ha ayudado a comprender todavía mejor la importancia de mantener vivo este legado.
¡A comer! Hoy, menú de los que dan energía
Después de una mañana tan completa, hemos regresado al comedor con ganas de recuperar fuerzas. Hoy nos han preparado un menú de lo más contundente.


Alubias con chorizo y arroz con tomate.
¡Un menú estupendo para afrontar todas las actividades que todavía nos esperaban por la tarde! Y es que, con el ritmo que llevamos esta semana, la energía viene muy bien.
Nuestro Proyecto de Centro: ¡un pedacito de Valladolid echa raíces en Umbralejo!
Después de comer, ha llegado uno de los momentos más especiales de la jornada. Tocaba continuar con nuestro Proyecto de Centro, una iniciativa con la que queremos contribuir a la recuperación y conservación de la vegetación del entorno de Umbralejo.
Hoy hemos estado acompañados por Celia, que nos ha ayudado durante el desarrollo de la actividad. Y teníamos una misión muy concreta: plantar las bellotas de encina que habíamos recogido en Valladolid antes de comenzar el viaje.
De Valladolid a Umbralejo: un viaje con raíces
La semana pasada, antes de salir hacia Guadalajara, recogimos bellotas de encina en Valladolid con la intención de utilizarlas en nuestro proyecto medioambiental. Las hemos traído con nosotros durante el viaje y hoy, por fin, ha llegado el momento de plantarlas. Para hacerlo, hemos seguido un procedimiento sencillo, pero que requiere cuidado y atención.
Primero, hemos preparado pequeños hoyos en el terreno, procurando que no fueran demasiado profundos. Después, hemos colocado un poco de sustrato y depositado cada bellota en posición horizontal. A continuación, hemos añadido más sustrato, regado con agua y terminado de cubrir el hoyo, evitando enterrar las bellotas excesivamente para facilitar su posible germinación. Una tarea aparentemente sencilla, pero cargada de significado. Porque hoy no nos hemos limitado a plantar unas semillas.
«Hemos traído un pedacito de Valladolid para intentar que eche raíces en Umbralejo».
Y esa frase resume perfectamente el espíritu de nuestro proyecto. Hemos querido establecer un pequeño vínculo entre nuestra ciudad, nuestro colegio y este pueblo que nos está acogiendo durante toda la semana. Ahora dependerá de la naturaleza, de las condiciones del terreno y del paso del tiempo que alguna de esas bellotas consiga germinar y desarrollarse.
Pero nos gusta imaginar que, dentro de unos años, alguna de ellas podría haberse convertido en una pequeña encina. Y que, cuando nosotros ya hayamos regresado a nuestras clases y a nuestra vida cotidiana, quede aquí un recuerdo vivo del paso de los alumnos del Colegio Nuestra Señora del Carmen de Valladolid por Umbralejo.
¡Sería una forma preciosa de dejar nuestra pequeña huella en este lugar!
























¿Y nuestras famosas albóndigas vegetales?
Seguro que algunos os estaréis preguntando qué ha ocurrido con las bombas de semillas que elaboramos el martes. Aquellas que nos quedaron un poquito grandes y que, más que pequeñas bolas de tierra, parecían auténticas albóndigas. ¡Pues todavía tienen pendiente su gran momento!
Aunque inicialmente habíamos previsto distribuirlas hoy por el entorno, finalmente hemos dedicado la actividad a plantar las bellotas. Mañana viernes será el turno de nuestras bombas de semillas, que diseminaremos por los alrededores de Umbralejo.
Una tarde de talleres: orientación, creatividad y juegos tradicionales
Después de finalizar el Proyecto de Centro, hemos continuado con una nueva sesión de talleres. Hoy hemos disfrutado de tres propuestas muy diferentes, acompañados por Álvaro, Sonia y Celia.
Orientación y geocaching con Álvaro: ¡en busca del tesoro!
En el taller de orientación y geocaching, dirigido por Álvaro, hemos participado en una actividad que combina la exploración del entorno, la orientación y la búsqueda de objetos escondidos. El geocaching es una especie de búsqueda del tesoro moderna en la que los participantes utilizan coordenadas y herramientas de localización para encontrar pequeños contenedores ocultos, conocidos como geocachés. Nuestra misión consistía precisamente en buscar uno de esos geocachés.
Una actividad que nos permite desarrollar la capacidad de orientación, la observación y la resolución de problemas, mientras disfrutamos del entorno natural.
¡Y es que buscar un tesoro siempre tiene su emoción, aunque no haya un cofre lleno de monedas de oro esperando al final!
Taller de pulseras con Sonia: ¡manos a la obra!
En el taller de pulseras, acompañados por Sonia, hemos cambiado las actividades físicas por una propuesta mucho más creativa. Un momento para trabajar con las manos, desarrollar la paciencia y poner a prueba nuestra habilidad manual. Este tipo de actividades nos recuerda que no todos los aprendizajes tienen que estar relacionados con el esfuerzo físico o el estudio. También es importante dedicar tiempo a la creatividad, la concentración y la satisfacción de elaborar algo por nosotros mismos.
Juegos autóctonos con Celia: recuperando nuestras tradiciones
El tercer taller ha estado dedicado a los juegos autóctonos, de la mano de Celia. Una oportunidad para acercarnos a formas de entretenimiento tradicionales, anteriores a los videojuegos, los teléfonos móviles y las pantallas.
Durante generaciones, estos juegos han formado parte de la vida social de los pueblos y han servido para reunir a niños, jóvenes y adultos. Además de divertirnos, nos permiten conocer una parte de nuestro patrimonio cultural que merece la pena conservar.
Y hemos comprobado que para pasarlo bien no siempre hace falta una pantalla ni una conexión a Internet. ¡A veces basta con un juego, unos compañeros y muchas ganas de participar!











































¡Una gymkana de lo más competitiva!
Y cuando parecía que la tarde ya había sido suficientemente completa, todavía nos esperaba una última actividad: ¡una divertida gymkana!
Después de los talleres, nos hemos lanzado a participar en diferentes pruebas en las que no han faltado la emoción, las risas y una buena dosis de competitividad. Porque sí, lo importante es participar…
¡Pero una cosa es participar y otra muy distinta dejar que gane el equipo contrario!
Y tenemos que reconocer que nos hemos picado un poquito. Entre bromas, ganas de superar las pruebas y alguna que otra celebración, hemos disfrutado de un estupendo momento de convivencia. Lo mejor de estas actividades es que, además de divertirnos, nos ayudan a trabajar en equipo, colaborar, comunicarnos y aprender a aceptar tanto las victorias como las derrotas. Aunque, eso sí, ¡alguno seguro que todavía sigue pensando que su equipo debería haber ganado!












«Uno para ganar»: ¡sesenta segundos para conseguirlo!
Después de la cena, con el estómago lleno, nos hemos dirigido al salón de actos para disfrutar de las dinámicas nocturnas. La actividad de esta noche llevaba un nombre muy apropiado: «Uno para ganar».
La propuesta consistía en superar diferentes pruebas y desafíos, con una condición muy especial: ¡solo disponíamos de un minuto para completar cada reto!
Sesenta segundos que, cuando el reloj empieza a correr, pasan muchísimo más rápido de lo que parece. Una actividad llena de emoción, nervios, concentración y, sobre todo, muchas risas. Porque una cosa es pensar que una prueba parece sencilla y otra muy diferente es intentar superarla mientras el tiempo se agota.
¡Y si además tienes a tus compañeros animando, la emoción está asegurada!











Una vez más, hemos disfrutado de esos momentos de convivencia que hacen que esta experiencia sea tan especial.
Una vez más, el calor de la hoguera
Y para terminar el día, hemos vuelto a disfrutar de uno de los momentos más entrañables de nuestra estancia: una velada alrededor de la hoguera.
Después de una jornada llena de trabajo, visitas, actividades, talleres y juegos, sentarnos junto al fuego ha sido una forma estupenda de relajarnos y compartir los últimos momentos del día. Hay algo especial en estas veladas.



Quizá sea el ambiente tranquilo, el calor de las llamas o simplemente la oportunidad de estar juntos sin las prisas que habitualmente nos acompañan. Son momentos sencillos, pero que tienen un enorme valor.
Porque hay recuerdos que no necesitan grandes acontecimientos: basta con el calor de una hoguera, la compañía de los demás y las historias que compartimos.

Y estamos convencidos de que, cuando regresemos a Valladolid, estas veladas serán algunos de los momentos que recordaremos con más cariño.
Un día para recordar nuestras raíces… y plantar otras nuevas
Y así termina nuestro quinto día en Umbralejo.
Hoy hemos aprendido que cuidar el futuro también significa conocer y respetar el pasado.
Mañana nos espera una nueva jornada y tenemos una misión pendiente: ¡diseminar nuestras famosas bombas de semillas!
Por ahora, toca descansar y recuperar fuerzas.
¡Buenas noches desde Umbralejo! Seguimos creando recuerdos y dejando pequeñas huellas que esperamos que duren muchos años. 🌱🔥
Continuará…
